Fue una sorpresa al revisar los premios de las mejores hojas web del año de 2.006 encontrar un excelente procesador de palabras para ser utilizado en internet y colocarlo en un blog, en un WIKI en forma digital. ¿para qué sirve tener esta herramienta?, bueno porque con esa herramienta usted puede escribir algo que le interese y luego puede invitar a alguna persona, via su e-mail, para que edite lo que usted escribió o bien para que suba alguna imagen al documento escrito. Desde el punto de vista docente es adecuado para que varios alumnos escriban en forma cooperativa un trabajo de clase y luego lo coloquen en su blog o en el Blog del profesor, etc... El nombre del procesador es :WRITELY y este es el enlace:
LA PRIMERA LEY DE LA PETROPOLÍTICA (Foreign Policy)
Thomas Friedman
El presidente iraní niega el Holocausto, Hugo Chávez manda a los
líderes occidentales al infierno, y Vladímir Putin ha sacado el
látigo. ¿Por qué? Porque saben que el precio del petróleo y el ritmo
de la libertad siempre se mueven en direcciones opuestas. Ésta es la
primera ley de la petropolítica, y podría ser el axioma que explicara
nuestra época.
Thomas Friedman
Cuando oí al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, declarar que el
Holocausto era un mito, no pude evitar pensar: "Me pregunto si estaría
hablando de esta manera si el petróleo estuviera a 20 dólares el
barril (15,5 euros) en lugar de 60". Cuando escuché al presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, mandar al primer ministro británico, Tony
Blair, "derecho al infierno" y decir a sus defensores que el Acuerdo
del Área de Libre Comercio de las Américas, que promueve Estados
Unidos, podía "irse al infierno" también, no pude evitar pensar: "Me
pregunto si estaría diciendo estas cosas si el crudo estuviera a 20
dólares en lugar de 60, y si su país tuviera que funcionar impulsando
la creación de empresas y no sólo perforando pozos".
Siguiendo los acontecimientos en el golfo Pérsico en los últimos años,
me di cuenta de que el primer país árabe de la región que celebró
elecciones libres y justas en las cuales las mujeres podían
presentarse como candidatas y votar, y el primero en llevar a cabo una
reestructuración a fondo de su legislación laboral para facilitar la
contratación de sus habitantes y hacerlos menos dependientes del
trabajo importado fue Bahrein. Y resulta que Bahrein es también el
primero donde se agotarán las reservas de petróleo. Además fue el
primero en firmar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Y
no pude evitar preguntarme: "¿Puede todo esto ser sólo una
coincidencia?" Al final, cuando examiné todo el mundo árabe y vi cómo
los activistas de la democracia popular en Líbano expulsaban a las
tropas sirias, no pude evitar decirme a mí mismo: "¿Es una mera
casualidad que la primera y única democracia real del mundo árabe no
tenga una sola gota de petróleo?".
Cuanto más ponderaba estas preguntas, más obvio me parecía que tiene
que haber una correlación –una correspondencia literal que podría
medirse y plasmarse en un gráfico– entre el precio del petróleo y el
ritmo, alcance y sostenibilidad de las libertades políticas y de las
reformas económicas en determinados países. Hace algunos meses, me
dirigí al director de la edición estadounidense de FP, Moisés Naím, y
le pregunté si podíamos hacer justo eso: intentar cuantificar esta
intuición de forma visual. A lo largo de uno de los ejes se pondría el
precio medio global del crudo y en el otro, el ritmo de expansión o
contracción de las libertades, tanto económicas como políticas, de la
mejor forma en que organizaciones de investigación y análisis como
Freedom House pudieran medirlas. Examinaríamos las elecciones libres y
justas celebradas, los periódicos lanzados o cerrados, los arrestos
arbitrarios, los reformistas elegidos para el Parlamento, los
proyectos de cambio económico, las empresas privatizadas y
nacionalizadas.
Soy el primero en reconocer que esto no es un experimento científico
de laboratorio, porque el auge y caída de la libertad económica y
política en una sociedad nunca puede ser del todo cuantificable. Pero,
dado que no estoy buscando que me den un puesto de trabajo en ningún
sitio, sino más bien intentando confirmar una corazonada, merece la
pena intentar demostrar esta correlación entre el precio del petróleo
y el ritmo de la libertad, incluso con sus imperfecciones. Puesto que
el creciente precio del crudo va a ser un factor de primer orden que
defina las relaciones internacionales en el futuro cercano, hay que
intentar comprender sus conexiones con la política global. Y los
gráficos aquí expuestos sugieren que existe una fuerte conexión entre
el precio del petróleo y el ritmo de la libertad; tanto que quisiera
iniciar este debate ofreciendo la primera ley de la petropolítica.
LA 'ENFERMEDAD HOLANDESA'
La primera ley de la petropolítica postula lo siguiente: el precio del
crudo y el ritmo de la libertad siempre se mueven en direcciones
opuestas en Estados petroleros ricos en crudo. Cuanto más alto sea su
precio medio global, más se erosionan la libertad de expresión, la de
prensa, las elecciones libres y justas, la independencia del poder
judicial y de los partidos políticos y el imperio de la ley. Y estas
tendencias negativas se refuerzan por el hecho de que cuanto más sube
el precio, menos sensibles son los gobernantes con petróleo a lo que
el mundo piensa o dice de ellos. Y, al contrario, cuanto más bajo sea
el precio del crudo, más obligados se ven esos países a avanzar hacia
un sistema político y una sociedad más transparentes, más sensibles a
las voces de la oposición y más centrados en crear las estructuras
legales y educativas que maximizarán la capacidad de su pueblo de
competir, crear nuevas empresas y atraer inversiones del extranjero.
Cuanto más cae el precio del oro negro, más sensibles son los líderes
productores de petróleo a lo que las fuerzas externas piensan de ellos.
Yo definiría los países petroleros como aquellos que dependen de la
producción de crudo para el grueso de sus exportaciones o de su
producto interior bruto (PIB) y que, al mismo tiempo, poseen
instituciones estatales débiles o gobiernos autoritarios. A la cabeza
de esa lista estarían Azerbaiyán, Angola, Chad, Egipto, Guinea
Ecuatorial, Irán, Kazajistán, Nigeria, Rusia, Arabia Saudí, Sudán,
Uzbekistán y Venezuela. Los que tienen mucha cantidad de este
hidrocarburo pero que eran Estados bien asentados con instituciones
democráticas sólidas y economías diversificadas antes de descubrir su
oro negro –Reino Unido, Noruega y EE UU, por ejemplo– no estarían
sujetos a esta ley.
Desde hace tiempo, los economistas han resaltado las negativas
consecuencias tanto económicas como políticas que la abundancia de
recursos naturales puede tener para un país. Este fenómeno ha sido
bautizado como la enfermedad holandesa o la maldición de los recursos.
El primer nombre se refiere al proceso de desindustrialización que
puede resultar de la obtención de unos repentinos ingresos procedentes
de la explotación de recursos naturales. El término se acuñó en los
Países Bajos en los 60, después de que allí se descubrieran unos
enormes depósitos de gas natural. Lo que ocurre en los países que la
padecen es que aumenta el valor de sus monedas, gracias al repentino
flujo de capital procedente del petróleo, el oro, el gas, los
diamantes o algún otro recurso natural. Esto hace que sus
exportaciones de productos se vuelvan poco competitivas y sus
importaciones, muy baratas. Los ciudadanos empiezan a importar como
locos, la industria nacional desaparece y se produce la
desindustrialización con rapidez. La maldición de los recursos puede
referirse al mismo fenómeno económico, así como, en sentido más
amplio, a la forma en que la dependencia de los recursos naturales
siempre sesga la política y las prioridades de inversiones y educación
de un país, de modo que todo gira en torno a quién controla el grifo
del oro negro y quién obtiene cuánto de ello, y no en cómo competir,
innovar y producir productos reales para mercados reales.
No pude evitar preguntarme: "¿Es una mera casualidad que la primera y
única democracia real de esa región (Líbano) no tenga una sola gota de
petróleo?"
Al margen de estas teorías generales, algunos politólogos han
explorado cómo la abundancia de riqueza petrolera en particular puede
revertir o erosionar las tendencias democratizadoras. Uno de los
análisis más agudos que he leído es el trabajo del politólogo Michael
Ross, de la Universidad de California (UCLA, Los Ángeles, EE UU).
Empleando un análisis estadístico de 113 países entre 1971 y 1997,
concluyó que "la dependencia [de un Estado] de las exportaciones de
petróleo o de minerales tienden a hacerlo menos democrático; que otros
tipos de exportaciones primarias no causan este efecto; que no se
limita a la península Arábiga, Oriente Medio o al África subsahariana,
y que no se circunscribe a países pequeños".
Lo que encuentro más útil de este análisis es su exposición de los
precisos mecanismos mediante los cuales un exceso de riqueza petrolera
obstaculiza la democracia. En primer lugar, argumenta Ross, está "el
efecto impuestos". Los gobiernos ricos en crudo suelen utilizar sus
ingresos para "aliviar las presiones sociales que de otro modo podrían
suponer exigencias de mayor responsabilidad". Me gusta expresarlo de
esta otra manera: el lema de la revolución americana era "no hay
impuestos sin representación"; el del líder autoritario petrolero es
"no hay representación sin impuestos". Los regímenes respaldados por
el oro negro que no tienen que gravar a sus ciudadanos porque pueden
perforar un pozo nuevo, tampoco tienen que escuchar a sus ciudadanos o
representar sus intereses. El segundo mecanismo es "el efecto gasto".
La riqueza petrolera conduce a mayores desembolsos en mecenazgos, lo
que a su vez alivia las presiones democratizadoras. El tercero es "el
efecto de formación de grupos". Cuando los ingresos del crudo
proporcionan a un régimen autoritario ganancias inesperadas, éste
puede utilizarlas para impedir la formación de grupos sociales
independientes, los más inclinados a exigir derechos políticos.
Además, argumenta el politólogo, una superabundancia de ingresos del
petróleo puede crear "un efecto represión", porque permite a los
gobiernos gastar en exceso en policía, seguridad interna y servicios
de inteligencia, que pueden utilizarse para obstruir movimientos
aperturistas. Por último, el autor ve un "efecto modernización". Una
gran afluencia de riqueza petrolera puede reducir las presiones
sociales para que se impulse la especialización laboral, la
urbanización y la garantía de mayores niveles de educación, tendencias
que normalmente acompañan a un amplio desarrollo económico y que
también generan una ciudadanía que es más elocuente, más capaz de
organizarse, negociar y comunicarse, y que está dotada de centros de
poder económico propios.
La primera ley de la petropolítica se rige por dichos argumentos, pero
intentando llevar la correlación entre petróleo y política un paso más
lejos. Lo que sostengo es no sólo que una excesiva dependencia del
crudo puede ser una maldición en general, sino también que pueden
conectarse aumentos y descensos del precio del petróleo con
incrementos y parones del ritmo de la libertad en los países
petroleros. Como demuestran estos gráficos, el ritmo de la libertad
empieza a ralentizarse cuando el precio del oro negro comienza a
despegar.
La razón por la que merece la pena centrarse ahora en esta relación
entre el precio del petróleo y la libertad es que parece que asistimos
al comienzo de un aumento estructural de los precios globales del
crudo. Si ése es el caso, es casi seguro que tendrá un efecto a largo
plazo en el carácter de la política en muchos Estados débiles o
autoritarios. Eso, a su vez, podría tener un impacto global negativo
sobre el mundo posterior a la guerra fría tal y como lo conocemos.
¿UN 'EJE DEL PETRÓLEO'?
Desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los
precios han subido desde una horquilla de entre 20 y 40 dólares a un
rango de entre 40 y 70. Parte de este movimiento tiene que ver con una
sensación de inseguridad general en los mercados de petróleo globales
debido a la violencia en Irak, Nigeria, Indonesia y Sudán, pero otra
parte aún mayor parece ser el resultado de lo que yo llamo "el
aplanamiento" del mundo y la rápida entrada en el mercado global de
3.000 millones de consumidores nuevos procedentes de China, Brasil,
India y el antiguo imperio soviético, todos ellos soñando con una
casa, un coche, un microondas y un frigorífico. Su creciente sed de
energía es enorme. Esto ya es, y seguirá siendo, una fuente constante
de presión sobre el precio del crudo. A menos que se produzca un
fuerte giro ecologista en Occidente o se descubra una alternativa a
los combustibles fósiles, en el futuro inmediato vamos a permanecer en
este rango de entre 40 y 70 dólares, o más.
Políticamente, esto hará probable que todo un grupo de países
petroleros con instituciones débiles o gobiernos abiertamente
autoritarios experimenten una erosión de las libertades y un aumento
de los comportamientos corruptos, autocráticos y antidemocráticos. Los
dirigentes de estos Estados pueden esperar un incremento significativo
de sus ingresos disponibles para crear cuerpos de seguridad, sobornar
adversarios, comprar votos o apoyo público, y resistirse a acatar las
normas y convenciones internacionales. No hay más que coger el
periódico cualquier día de la semana para constatar esta tendencia.
Por ejemplo, un artículo de febrero de 2005 en The Wall Street Journal
sobre cómo los ayatolás de Teherán –exaltados por el dinero gracias a
los elevados precios del petróleo– están volviéndole la espalda a
algunos inversores extranjeros en lugar de sacarles la alfombra roja.
Turkcell, un operador turco de telefonía móvil, había firmado un
acuerdo con Irán para construir la primera red de telefonía móvil de
propiedad privada del país. Se trataba de un acuerdo atractivo. La
operadora acordó pagar 300 millones de dólares (unos 230 millones de
euros) por la licencia e invertir 2.250 millones, lo que habría creado
20.000 puestos de trabajo. Pero los mulás del Parlamento congelaron el
contrato, alegando que podría ayudar a los extranjeros a espiar a su
país. Alí Ansari, un experto en Irán de la Universidad de Saint
Andrews (Escocia), señala en The Wall Street Journal que los analistas
iraníes llevaban 10 años abogando por las reformas económicas. "La
realidad es que la situación es peor ahora", dice. "Tienen mucho
dinero gracias a los altos precios del petróleo y no necesitan
reformar la economía". O bien se puede echar un vistazo a un reportaje
sobre la República Islámica en el número del 11 de febrero de The
Economist, que apuntaba: "El nacionalismo cae mejor en un estómago
lleno y el señor Ahmadineyad es el afortunado presidente que espera
recibir, a lo largo del próximo año iraní, en torno a 36.000 millones
de dólares en ingresos por exportaciones de petróleo para ayudar a
comprar lealtades. En su primera ley presupuestaria, que está
tramitándose en el Parlamento, el Gobierno ha prometido construir
300.000 viviendas, dos tercios de ellas fuera de las grandes ciudades,
y mantener las subvenciones a la energía, que ascienden a un asombroso
10% del PIB".
O considérese el drama que se desarrolla en la actualidad en Nigeria.
Sus presidentes tienen un límite de mandatos: dos de cuatro años. El
presidente Olesegun Obasanjo accedió al poder en 1999, después de un
periodo de gobierno militar, y fue reelegido por votación popular en
2003. Cuando asumió el poder saltó a los titulares de prensa por
investigar violaciones de los derechos humanos por parte de los
uniformados, liberar a prisioneros políticos e incluso por hacer un
intento real de erradicar la corrupción. Esto era cuando el precio del
crudo estaba en torno a 25 dólares el barril. Hoy día, con el crudo a
70 dólares, Obasanjo está intentando persuadir a los legisladores para
que modifiquen la Constitución de modo que le permita obtener un
tercer mandato. Un líder de la oposición en la Cámara de
Representantes, Wunmi Bewaji, ha alegado que "se estaban ofreciendo a
los parlamentarios sobornos de un millón de dólares por voto", según
se citaba en un artículo de Voice of America News del 11 de marzo. "Y
esto lo ha coordinado un alto representante del Senado y un alto
representante de la Cámara".
Clement Nwankwo, uno de los principales activistas de los derechos
humanos de Nigeria, me dijo en marzo que desde que el precio del
petróleo ha empezado a subir, "las libertades públicas [han ido] en
fuerte declive: se han producido arrestos arbitrarios, se ha asesinado
a adversarios políticos y las instituciones democráticas han sufrido
daños". El petróleo representa el 90% de las exportaciones del país
africano, añade Nwankwo, y eso explica, en parte, por qué, de repente,
se ha producido un aumento de los secuestros de empleados extranjeros
de petroleras en el delta del Níger, muy rico en crudo. Muchos
nigerianos creen que estos trabajadores deben estar robando crudo
porque lo que está llegando a la población es una parte muy pequeña de
los ingresos del oro negro.
Con mucha frecuencia, en los países petroleros no sólo ocurre que toda
la política gira en torno a quién controla el grifo del crudo, sino
que el público adquiere una noción distorsionada de en qué consiste el
desarrollo. Si son pobres y sus dirigentes son ricos, no es porque su
país no haya promovido la educación, la innovación, el Estado de
derecho y la creación de empresas. Es porque alguien se está llevando
el dinero del petróleo. La gente empieza a pensar que, para hacerse
ricos, no tienen más que pararles los pies a quienes se lo llevan, y
no construir una sociedad que promueva la educación, la innovación y
la creación de empresas.
Si George Bush se asomara hoy al alma del presidente ruso (Putin II,
el del crudo a 70 dólares el barril) vería que está muy negra, tan
negra como el petróleo
El vínculo entre los precios del oro negro y el ritmo de la libertad
es tan estrecho en algunos países que un aumento repentino del primero
puede desviar del sendero de las reformas económicas y políticas hasta
a los dirigentes más previsores. Considérese Bahrein, que sabe que su
crudo se está agotando, y ha sido un modelo sobre cómo la caída de su
precio puede impulsar las reformas. "Ahora nos va bien gracias a que
el precio del petróleo está alto. Esto podría llevar a los gobernantes
a ser complacientes", señaló recientemente a Gulf Daily News Jasim
Husain Alí, director de la unidad de investigación económica de la
Universidad de Bahrein. "Esta tendencia es muy peligrosa, ya que los
ingresos del crudo no son sostenibles. La diversificación [de Bahrein]
puede ser suficiente para los niveles del Golfo, pero no según los
estándares internacionales".
LA GEOLOGÍA MARCA LA IDEOLOGÍA
Con el debido respeto a Ronald Reagan, no creo que él hiciera caer a
la Unión Soviética. Obviamente hubo muchos factores, pero el colapso
de los precios del petróleo en todo el mundo hacia finales de los 80 y
comienzos de los 90 desempeñó, sin duda, un papel clave (cuando la
Unión Soviética se disolvió oficialmente el día de Navidad de 1991, el
precio del barril rondaba los 17 dólares). Y también ayudaron a
encaminar el Gobierno poscomunista de Boris Yeltsin hacia una
profundización del Estado de Derecho, una mayor apertura al mundo
exterior y más sensibilidad a las estructuras legales exigidas por los
inversores globales. Y luego llegó Vladímir Putin. Piénsese en la
diferencia entre el presidente ruso de cuando el petróleo estaba en un
rango de entre 20 y 40 dólares y el de ahora, que se sitúa entre 40 y
70. Entonces, tuvimos lo que yo llamaría "Putin I". Después de su
primer encuentro con él, en 2001, el presidente Bush dijo que se había
asomado al "alma" del ex director del KGB y que vio un hombre en el
que podía confiar. Si el presidente de Estados Unidos se asomara hoy
al alma del presidente ruso (Putin II, el de 70 dólares el barril)
vería que está muy negra, tan negra como el petróleo. Observaría que
el líder de Moscú ha utilizado las ganancias inesperadas del crudo
para tragarse (nacionalizar) la enorme compañía petrolera rusa,
Gazprom, varios periódicos y cadenas de televisión, y toda clase de
empresas rusas e instituciones antaño independientes.
Cuando, a comienzos de los 90, los precios estaban en el nadir,
incluso países petroleros árabes como Kuwait, Arabia Saudí y Egipto
–este último, poseedor de unos sustanciales depósitos de gas– por lo
menos hablaban de reformas económicas, cuando no de tímidos cambios
políticos. Pero desde que comenzaron a subir, todo el proceso se
ralentizó, sobre todo en el campo político. A medida que se acumule
más y más riqueza de crudo en los países petroleros, esto podría
empezar a distorsionar mucho todo el sistema internacional y la
naturaleza misma del mundo posterior a la guerra fría. Cuando cayó el
muro de Berlín, se extendió la creencia de que también se había
desatado una marea imparable de mercados libres y democratización. La
proliferación de elecciones libres en todo el mundo durante la década
posterior convirtió aquella oleada en algo muy real. Pero en la
actualidad se está encontrando con una contramarea imprevista de
petroautoritarismo, que está siendo posible gracias a que el petróleo
está a 70 dólares el barril. De repente, regímenes como Irán, Nigeria,
Rusia y Venezuela están batiéndose en retirada de lo que parecía un
imparable proceso de democratización, y autócratas elegidos en las
urnas están utilizando estas repentinas ganancias para acomodarse en
el poder, comprar a adversarios y defensores, y ampliar el control
estatal al sector privado.
Aunque el petroautoritarismo no representa la amenaza estratégica e
ideológica que el comunismo supuso para Occidente, su impacto a largo
plazo podría corroer la estabilidad mundial. No es sólo que algunos de
los peores regímenes tendrán dinero extra durante más tiempo que nunca
para hacer las cosas más horribles, sino que países democráticos
–India y Japón, por ejemplo– se verán obligados a doblegarse o a mirar
hacia otro lado ante el comportamiento de Irán o Sudán, debido a su
fuerte dependencia de ellos.
Quisiera destacar de nuevo que me consta que las correlaciones que
estos gráficos sugieren no son perfectas y, sin duda, hay excepciones.
Pero creo que ilustran una tendencia general que uno puede ver
reflejada en las noticias todos los días: el creciente precio del
petróleo tiene un impacto negativo sobre el ritmo de la libertad en
muchos países, y cuando se suman suficientes Estados con suficientes
impactos negativos, la política global empieza a envenenarse.
Aunque no podemos influir sobre el precio del crudo en ningún país
concreto, sí podemos hacerlo en su valor global, alterando la cantidad
y el tipo de energía que consumimos. Cuando digo "podemos", me refiero
a EE UU en particular –que absorbe en torno al 25% de la energía
mundial– y a los países importadores de petróleo en general. Pensar en
cómo alterar nuestros patrones de consumo energético para reducir el
precio del oro negro ya no es simplemente un hobby para activistas del
medio ambiente; es un imperativo de la seguridad nacional. Por lo
tanto, cualquier plan de EE UU que promueva la democracia y no incluya
también una estrategia creíble y sostenible para encontrar
alternativas al petróleo y para hacer bajar su precio es
insignificante y está abocada al fracaso. Hoy día, al margen de dónde
se esté en el espectro de la política exterior, hay que pensar como un
geo-verde.

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Hola...estaba revisando el nuevo formato de 20Six, pues he tenido problemas de ver mi blog como estaba acostumbrado en cunato a su viejo diseño. Bueno...tendré que aprender de nuevo a navegar en esta nueva plataforma.
La ventaja es que ahora se pueden formatear lo escrito
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